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La difícil convivencia de las expectativas de la maternidad y la realidad

 

 

Las circunstancias o el carácter de los hijos influyen en la crianza pero, sin duda, las expectativas son las piedras más grandes que me he encontrado en el camino de la maternidad. Al menos, hasta el momento.

 

A lo largo de mi vida he atravesado diferentes estadios en torno a la idea de ser madre. Del no rotundo al deseo absoluto, pasando por la certeza de que con la mayoría de mis compañeros acabaría repitiendo la experiencia de mi madre, lo que me hacía replantearme mi vida una y otra vez. Me aterrorizaba criar hijos con un padre como el mío.

A punto de cumplir los treinta, y reconstruyendo aún los daños de un huracán (otro) que lo devastó todo, apareció el que es el padre de mis niños. Quién me lo iba a decir a mí sólo un año antes. Sin ánimo de convertirse en un Superman de extrarradio, encendió la luz en plena oscuridad, rompió todos mis esquemas y consiguió hacer una mejor versión de las melodías de Extremoduro y Quique González. Sonaban muy distintas con él.

Cuando me quedé embarazada, dos años después de nuestro kilómetro cero, comenzamos a imaginar lo que sería una vida de tres. Leímos, nos informamos, soñamos, pero sobre todo imaginamos en base a nuestras propias experiencias, a nuestro mundo conocido. Construimos nuestro mapa de coordenadas. Un mapa con el que nos hemos perdido una y otra vez en estos casi cinco años de maternidad y paternidad. Las circunstancias han influido, claro, pero las piedras más grandes que nos hemos encontrado en el camino han sido las expectativas. Ellas son las que más han marcado esa ambivalencia de sentimientos que es, a veces, la crianza de bebés y niños pequeños. Porque que la maternidad puede sacar lo mejor y lo peor de ti en cuestión de segundos en realidad sólo lo intuíamos. Hasta que no nos convertimos en padres no terminamos de asimilarlo.

Las expectativas y la realidad, ¿una historia de (des)amor?

Desde 2013 hemos coleccionado cientos de expectativas frustradas. Expectativas como pensar que Mara dormiría en una cuna, que al final resultó tener pinchos, o creer que dormiría “como un bebé” hasta que descubrimos lo que realmente significaba eso. O que saltarse una siesta no es siempre sinónimo de que tus hijos vayan a caer rendidos pronto. Puede incluso que lo hagan más tarde. Desear dormir una noche del tirón después de días, meses, años, sin hacerlo y ser aplastada por la realidad es de una crueldad suprema.

También nos dimos cuenta de que no a todos los bebés les gusta el coche y que sólo la intención de abrocharles el cinturón puede provocar gritos y lamentos incontrolables. Ni los carritos, por muy cómodos y bonitos que parezcan gustan a todos. Los hay, como los nuestros, que tienen una especie de alergia a esos cachivaches y saltan como un resorte mucho antes de tumbarlos o sentarlos. Por suerte sí les ha gustado el porteo, y a nosotros también; aunque con 15 kilos de piel y huesos, cada vez nos cuesta más, para qué nos vamos a engañar. Otra vez las expectativas.

Expectativas tan humanas como comer con los dos brazos disponibles, ducharte después de días sin poder hacerlo, tener un momento para dos, una película compartida, una salida sin retrasos, un viaje sin incidentes, una decisión sin crítica directa o indirecta del entorno o de desconocidos, tener constancia en algo, hacer deporte, un día sin rabietas. La expectativa de ser coherentes entre lo que pensamos y lo que luego hacemos muere cien veces al día. A menudo nos levantamos con la idea de organizarnos y tener al menos cuatro horas para trabajar sin interrupción. Tamaña expectativa. Después, la vida.

El choque brutal entre lo que imaginamos y la realidad deja decepciones menudas o grandes, en función del tamaño de la expectativa, que marcan irremediablemente el ritmo vital de nuestra paternidad/maternidad.

Entre lo posible y lo imposible

Defendemos con tenacidad nuestras expectativas. Nos empeñamos tanto en ellas que hemos olvidado lo necesario que es improvisar, ser flexibles ante los imprevistos, aceptar los cambios. La realidad.

Somos absorbidos una y otra vez por un agujero negro de decepción del que solo salimos cuando somos capaces de ver más allá. Cuando reconstruimos la realidad con otras expectativas distintas, o cuando las rebajamos.

No es fácil. Incluso no siempre es posible, supongo que por eso nos recordamos que somos humanos. Que nos equivocamos sin descanso, que somos imperfectos. Quizás la mejor expectativa que podamos tener sea esa, la de la imperfección constante y la incertidumbre permanente. O puede que debamos matar a Mr. Wonderful de una vez por todas y reconocer que hay imposibles enormes que aparecen cuando te conviertes en madre, o que se hacen más visibles, y que no siempre podemos luchar contra ellos. Mejor una convivencia pacífica.

 

¿Qué opináis vosotros? ¿Influyen las expectativas en cómo afrontamos nuestro día a día? ¿Cada etapa?

 

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Diana Oliver

Diana Oliver

9 comentarios

  1. Muy buen post! Coincido plenamente. Al final supongo que se trata de un equilibrio y unas expectativas demasiado alto solo pueden llevar a la frustración constante. Pero, cómo no tener expectativas? Esa es la cuestión. La solución: equilibrio.

  2. Además de las expectativas están las condiciones materiales y familiares. Si uno cuenta con abuelos disponibles o con medios holgados para pagar a una niñera, si incluso puede permitirse una nanny nocturna, las cosas resultan bastante más fáciles.
    Por otro lado, algunos habéis elegido estilos de crianza que son la escalada por la cara norte. Con lactancias a demanda eternas, porteo hasta edades muy avanzadas, respuesta inmediata al llanto o resignación a atender despertares sin aplicar métodos para que se conforten solos…las cosas se vuelven mucho más duras. Y además, esto que hacéis de dedicar el poco tiempo libre que tenéis a dar vueltas sobre ello y alimentar la neurosis en la madresfera no creo que ayude.

  3. Yo pensaba que mi hija jamás lloraría porque la atendería cada vez que lo necesitase, la portearía, haríamos colecho, teta a demanda..¡Ja! .La vida me sorprendió con una bebé que a pesar de darle todo, se pasó más de seis meses llorando en brazos sin parar (desde por la mañana hasta la noche, nada que ver con los típicos cólicos, que suelen ser por la tarde noche). Jamás estrenó su cuna y el carrito no lo quiso hasta los nueve meses (menos mal que estábamos interesados en portear…). La hamaquita no la usó despierta ni un día, siempre tenía que estar en contacto con papá o mamá. Sufrimos mucho porque no entendíamos qué pasaba, y además la gente no nos entendía. Veía a muchos padres tomando algo en terrazas y bares, con sus recién nacidos tan dormiditos en su carrito…ciencia ficción para nosotros. Con 15 meses que tiene ahora jamás ha dormido una noche del tirón, pero hasta hace nada los despertares eran múltiples, más de 10 cada noche… Nosotros nos quedamos tranquilos después de conocer la etiqueta alta demanda. Ahí respiramos aliviados, y dejamos las expectativas iniciales atrás. Ahora es mucho más fácil, ya nos comunicamos muy bien y no es llorona, pero sí muy demandante y creemos que se ha tranquilizado tanto por toda la atención, brazos y cuidados que le hemos y seguimos dando.

  4. Yo también creo que las expectativas influyen en nuestros días, y en ocasiones nos frustramos debido a ello. Pero no culparnos creo que es fundamental para poder llevarlo de la mejor forma posible , ya que es complicado no verse arrollado por la sociedad en la que intentamos nadar a contracorriente como los famosos salmones , tan presentes en mi vida cada vez que pienso que no puedo más.
    Rebajar las expectativas es muy importante y también no exigirnos tanto.

    Espero haber dicho algo , a veces me da la sensación de que no tiene sentido lo que digo 😀

  5. Diana, me encanta leerte, siempre dando luz a temas de los que no todo el mundo habla, y haciéndolo tan bien! Me ayudas a despojarme un poco de este sentimiento de culpa y de hacerlo todo mal que tengo desde que soy madre. Importante darse cuenta de que efectivamente Mr.Wonderful es una mentira y NO podemos llegar a todo….difícil reconocerlo a veces.
    En mi caso la gran expectativa frustrada he sido yo misma, me imaginaba siendo otro tipo de madre, con tiempo para mí y para mi pareja, amigas etc. Pensaba que iba a ser una madre más despegada y entre la alta demanda y la lactancia poco espacio queda para lo demás. Me frustra no dedicar tiempo a mi marido, a mí, mis amigas…pero me gusta ser una madre presente en la vida de mis hijas. Vaya rollo he soltado…en fin, gracias a ti y a Adrián por hablar de todo sin tapujos! Un abrazo

  6. Gran tema el de las expectativas, Diana. Internet llegó a mi casa cuando mi hijo tenía un mes de vida, y por aquel entonces sólo con el portátil, que a veces encendía durante la baja de maternidad sólo para intentar tranquilizarme, y ver que era normal… Mi mantra por las noches era “los niños crecen”, porque me decían que pronto iba a dormir bien, de un tirón, y pasaba el tiempo y ese día no llegaba… y tocó ir amoldándose a la situación (aunque a menudo sin “confesarlo” sobre cómo lo hacía). Y cuando volví al trabajo descubrí el gran mundo de los blogs de maternidad gracias a los que descubrí que no, que mi hijo no era tan raro, que eran nuestras expectativas muchas veces. Te estaba leyendo y me acordaba cuando me levantaba a desayunar a las siete de la mañana y primero comía la tostada más lejana en el plato, porque de un momento a otro se iba a despertar y tendría que terminar el desayuno con el niño en brazos, a menudo enganchado al pecho… Gracias de verdad por hablar de estas cosas, es una gran labor para que muchas madres no se sientan tan frustradas y solas. Un besazo!

  7. Precioso artículo y con toda la razón del mundo. Incluso cuando las expectativas son malas y apuntas al infierno también fallamos. Las malditas expectativas…

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