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¿Nos cuesta pedir ayuda a otras personas?

 

Nos cuesta aceptar la ayuda de los demás, pero tampoco sé si sabemos ofrecer ese cable. O si vemos esa necesidad. O si nos falta una cultura de la ayuda. O si, en realidad, tiramos de la familia pero con el resto no tenemos esa confianza. ¿Nos cuesta pedir ayuda?

 

Hace tiempo que pienso si, en general, nos cuesta pedir ayuda a los demás pero también me planteo si la sabemos ofrecer a quienes la puedan necesitar. Lo veo a diario cuando por la calle intentas hacer malabares con las bolsas de la compra, una caja de fresas y un bebé que quiere bajar de la mochila de porteo para perseguir los pasos de su hermana tras una paloma callejera. Ante ti, gente que pasa a tu lado con prisa o mirando lo que se cuece al otro lado de la pantalla de su móvil pero que rara vez se para a decirte algo tan sencillo como: ¿Necesitas ayuda?

Bueno, no siempre. En una ocasión el vecino del primero al verme cargada con un millón de cosas, y sabiendo que subía a un tercero sin ascensor, me dijo: Te ayudo. Y yo casi cortocircuito. ¿Te ayudo?

Repetí una y mil veces que no se preocupara, que podía yo sola, que muchísimas gracias por su amabilidad. Pero aquel señor insistió, cogió parte de mi carga y subió conmigo dos pisos más allá del suyo para liberarme. Para ayudarme. Y lo peor de todo es que me sentí culpable, casi avergonzada, de la ayuda recibida.

El reto de pedir ayuda cuando la necesitamos

Todo esto viene a cuento ahora porque esta Semana Santa la hemos pasado un tanto accidentados. El primer fin de semana de las vacaciones decidimos salir de Madrid para desconectar dos días en familia y a la vuelta me hice daño en la espalda hasta el punto de quedarme inmóvil en el sillón sin poderme levantar. Literalmente. Aquello puso patas arriba nuestro necesario orden germánico de ritmos de trabajos, comidas y demás y fue Adrián el que tenía que ocuparse de todo. Adiós a nuestro imprescindible trabajo en equipo.

Fue entonces cuando se nos puso un poco cuesta arriba poder sacar todo adelante: trabajos que entregar, comidas por hacer, nevera que llenar y dos polluelos a los que entretener. Y entonces sí que echamos en falta dos manos más, o cuatro, que liberaran la carga de los días en los que apenas he podido moverme.

Por suerte, no fueron pocas las manos amigas, que en realidad son ya familia para nosotros, que se ofrecieron a echarnos un cable: desde recogernos a los niños para ir al parque hasta traernos tupers con comida o ayudarnos con el trabajo. Todo fue amor a toneladas en forma de pequeñas grandes ayudas. Pero la realidad es que a nosotros siempre nos cuesta aceptar esos cables. Siempre el no por delante, porque no queremos cargar a los demás, porque sabemos el ritmo que todos llevamos, porque nos cuesta dejarnos ayudar.

Pese a esa negación, aparecieron manos repletas de comida recién hecha y de brazos dispuestos a ayudarnos. Y otra vez la culpa presente y manifiesta por cargar con más peso otras espaldas pero también sentimos un enorme agradecimiento hacia esas personas por haberlo hecho, por tomar la iniciativa.

 

 

Ayudar a otros

Estoy convencida de que en realidad nos cuesta aceptar la ayuda de los demás porque nadie nos la pide a nosotros previamente, pero también que cuando la ofrecemos no se nos acepta. Pienso que eso hace que entremos en un eterno círculo de noes y esfuerzos y me lleva a cuestionarme que puede que lo que ocurra en realidad sea fruto de cómo hemos sido educados, de la ausencia de una cultura del acompañamiento, de la cooperación. No estamos acostumbrados a encontrarnos con vecinos que nos echen un cable con las bolsas o con transeúntes sin prisas que al vernos apurados en la calle se paren a preguntar. Nos puede más el orgullo, el “yo puedo” y la satisfacción irreal de hacerlo todo por nosotros mismos.

No sé si sabemos ver la necesidad de ayuda de otros y si en el caso de verla, sabemos ofrecerla y satisfacerla. Lo veo en mi madre cuando de vez en cuando me dice aquello de “si necesitas algo, dime”, pero la realidad es que jamás ha salido de ella aparecer en casa con una barra de pan o un plato de lentejas. Sin más. Y cuando he pedido algo me ha recordado cada segundo la hazaña que había logrado. Ahora vivimos lejos, pero cuando estábamos más cerca esa ayuda tampoco llegaba. En ella veo muy claro ese no saber ofrecer, no saber satisfacer, como tantos otros fantasmas que me alejan de manera inevitable. Y al final, lo cierto es que a mi alrededor observo que con quien más confianza se tiene para esa ayuda es con la familia y cuando ésta se encuentra lejos o no saben ayudarte o no pueden o no tienes esa relación, la realidad es que sientes cierto vacío que no siempre es fácil rellenar.

A lo mejor también son nuestras expectativas, que deseamos cosas que son imposibles. O, simplemente, ocurre que nos hemos vuelto tan individualistas e independientes los unos de los otros que no entendemos lo que es cooperar. O ayudar. O tal vez sea que esto sólo ocurre en una ciudad tan inhóspita como la nuestra.

Ojalá aprendamos a ayudar, a dejarnos ayudar y a pedir ayuda.

 

¿Qué opináis vosotros? ¿Nos cuesta pedir ayuda a los demás?

 

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Diana Oliver

Diana Oliver

14 Comments

  1. Hola Diana,

    Primero, te quiero agradecer por este post porque, últimamente, es un tema en el cual pienso mucho. No soy española pero he vivido 4 años en Valencia, donde nació mi hija. Durante mi embarazo, nuestros amigos estuvieron muy cerca; no puedo acordarme de todas las veces que alguien se presentó en casa para darme ropa o cosas de bebé sin que tuviera que pedir nada. Sabíamos que cualquier cosa que necesitabamos, ahí estaban nuestros amigos para echarnos un cable. Y es algo que apreciamos mucho de España.
    Nos marchamos hace poco de España, mucho a nuestro pesar y ahora vivimos en Canadá, cerca de mi hermano. Y tengo que decir que nos sentimos muy aislados, la gente es muy individualista, y pocas veces te van a ayudar en la calle. De hecho, ni te miran. Así que, creo que todo depende del punto de vista. A pesar de la tendencia general al individualismo en nuestras sociedades, creo que en España, la gente es mucho más amable y «solidaria» que en los países del norte.

    Un beso

    • Vaya Maya, como siento que os sintáis así ahora 🙁 Supongo que también influye la cultura, las distancias, los hábitos de vida… Y, como bien dices, la sociedad individualista en la que nos ha tocado vivir. Es complicado porque realmente el ritmo loco en el que estamos sumidos tampoco da mucho pie a pararse, a respirar, a mirar a nuestro alrededor. Muchas veces también me da miedo idealizar un entorno más “comunitario”, y que después todo sea crítica a lo diferente, al que no encaja en la norma. Y así ando debatiendo en mi interior dónde está el término medio entre la soledad, la necesidad de encajar y la aceptación propia y de los demás. Perdona la parrafada 🙂
      Te mando un gran abrazo, con el deseo de que encuentres esa tribu, ese acompañamiento que necesitas.

  2. A mí me cuesta una barbaridad pedir nada más allá de a mi madre, y ni siquiera a ella le pido todo lo que necesitaría. Hoy en día cada cual va a lo suyo, y a mí se me hace un mundo pensar que por no poder yo enfrentarme sola a algo voy a cargar a otras personas que no tienen nada que ver en el asunto. Supongo que es una cuestión cultural y que la hemos ido perdiendo con el paso del tiempo. Antes cualquier padre salía a una emergencia, le dejaba los niños sin avisar a los vecinos y no pasaba nada. Yo pienso en tener que salir así y no veo a mis vecinos como posibles opciones. Sólo me visualizo enfrentándome al mundo con mis 2 criaturas alrededor.

    • Estoy de acuerdo contigo. Tengo que decir también que conste en acta que a mí me gusta hacer las cosas a mi manera y que no soporto que nadie me las haga. Dicho lo cual sí que es cierto que me refiero más a un cable cuando ocurre “algo”. En este caso, por ejemplo, lo hemos visto claramente con mi espalda pocha y mi inmovilidad. El resto del tiempo soy muy mía con mis cosas, la verdad :-S

  3. «¿Nos cuesta pedir ayuda a otras personas?». A vosotros y a nosotros, sí, sin duda.

    No sé si es el miedo a molestar, ese pensar que «harto tienen ya con lo suyo»; o el individualismo atroz que hemos mamado en esta sociedad y que nos lleva a querer salir de cada pozo por nuestra cuenta y riesgo… No tengo ni idea y no lo entiendo.

    Con pocos amigos hemos tenido el grado de confianza que hemos alcanzado con vuestra familia, y ya ves que, casos puntuales aparte, nos cuesta horrores pediros nada. Vamos a cambiar eso, Diana, por favor.

    Solo espero que estemos dándoles a entender a nuestras hijas e hijas que pueden seguir contando con nosotros siempre para todo lo que necesiten tanto como nosotros hemos tirado de nuestras familias cuando nos ha hecho falta. Pero familia inmediata aparte, es un área en la que tenemos mucho margen de mejora, desde luego.

  4. Me sucede lo mismo que a ti , Diana. Además con la coincidencia de vivir mis padres también lejos, a los que no pediría ayuda con mi niña, pero cuando los he necesitado también he recibido una cantidad de historias explicando sus hazañas.
    Yo pienso que es un cúmulo de cosas, nuestra cultura individualista sumado a “tú puedes con todo” , además, en mi caso y me parece que en el tuyo también, quizás desde pequeñas nos han enseñado en la familia a que estamos solas y hemos hecho de nosotras supervivientes de nuestro entorno.
    Mi compañero de viaje, también Adrián, siempre me dice “Paula pídeme ayuda”, nos han habituado a no pedir ayuda. Ahora, tengo que decir que yo sí que ofrezco ayuda, no sé bien si poco o mucho , pero la ofrezco.
    Un beso

    • Estoy muy de acuerdo contigo en todo, Paula. De principio a fin. Y siento que te ocurra lo mismo con tus padres. Lo de mis padres es de traca y mejor no menciono a la otra parte. Beso enorme.

      • Si yo te contara de los míos ( y no quiero hacer de esto una competición 😀 😀 ) también son de traca, me da para escribir algún libro que otro. En fin, pienso que somos heroínas, aunque parezca osada al decirlo., pero es de valorar , ya que salir de nuestras respectivas familias ser tan diferentes tiene su mérito, que en mi caso creo que me he educado sola. Luego tenemos la fortuna también de haber creado nuestra familia, que para mí es lo más grande, y veo que para ti también, que aunque no quita todo lo vivido pero es el refugio que más he anhelado siempre y aquí lo tengo.
        Un beso muy grande Diana .

  5. Si hay algo importante que se puede enseñar en las escuelas es pedir ayuda, dar ayuda y saber dar ayuda.
    Desde pequeños hay que enseñar a los niños que cuando alguien necesita ayuda hay que darla. Eso no significa resolverles el problema sino enseñarle a solucionarlo. “ no hay que dar el pez sino enseñar a pescar”.
    Si de pequeños dan ayuda y piden ayuda con naturalidad no costará hacerlo de mayores.

    • Siempre he pensado así. Pero creo que no se ha entendido bien; no hablo de ayudar por “ayudar” sino cuando se necesita esa ayuda 🙂

  6. A mí no me cuesta ni pedirla ni ofrecerla. Si necesito algo, lo pido. Y si creo que a alguien le puede venir bien que le eche un cable, se lo propongo. Igual es porque vivimos en otro país, que a los amigos se les trata como familia 🙂 y no sé si será cultural pero aquí en Holanda me ofrecen ayuda cada vez que me ven subiendo al niño a la mochila, entrando en algún sitio con el carro, cargada… incluso nuestro vecino si nos ve trabajando en el jardín con alguna herramienta poco ortodoxa se nos planta en casa con sus herramientas maravillosas. Yo creo que ayudar y dejar que te ayuden es una virtud que todos deberíamos cultivar.

    • Sí, la verdad es que debería ser así. Ayudar(nos). Gracias por tu comentario, Lucía.

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