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‘¿Qué le doy de comer?’, una guía para comer mejor

 

Lucía Martínez y Aitor Sánchez, ambos dietistas-nutricionistas, analizan qué entendemos por alimentación saludable en los primeros años de vida en ‘¿Qué le doy de comer?’ (PAIDÓS).

 

La semana pasada publicaban en De mamás y de papás, de El País, la entrevista que pude hacerle a Lucía Martínez y Aitor Sánchez, dietistas-nutricionistas y divulgadores, con la excusa de la publicación de ¿Qué le doy de comer? (PAIDÓS). Se trata de un libro con el que a modo de guía recorren lo que puede considerarse una alimentación saludable durante los primeros años de vida. Ofrecen información y recursos, con ejemplos precisos, pero también resuelven las dudas o preocupaciones más habituales.

Los retos de la educación alimentaria

¿Qué le doy de comer? Es la pregunta del millón. Quizás por eso les sirve para dar título al libro, porque es una preocupación universal. La pregunta, sin embargo, tiene una respuesta sencilla: alimentos saludables, guiándonos siempre por el sentido común. Eso es todo lo que en principio deberíamos tener en cuenta a la hora de alimentar a nuestros hijos –y a nosotros mismos, claro–. Sin embargo no es tan fácil ya que, como apunta Marián García, alias Boticaria García, en el prólogo, nos movemos entre recomendaciones sanitarias obsoletas, mitos, costumbres culturales, condicionantes socioeconómicos, mochilas educativas y una publicidad canibalesca.

Lo confirman sus autores a lo largo del libro: “Comer saludable es un camino con muchas zancadillas, y no es nada fácil”. El libro no cambia, como si se tratara de una varita mágica, un escenario cuanto menos complejo, pero puede ayudarnos a construir otro. Poco a poco. Sin prisa, conscientes de que el recorrido es largo y que no vamos a poder controlarlo todo. Tener información y alimentar nuestro espíritu crítico, así como el de nuestros hijos, ayuda.

Supongo que por todo lo anterior, uno de los focos de atención de ‘¿Qué le doy de comer?’ es la educación alimentaria. Una educación que empieza en casa, que es donde creen que hay que poner “la primera piedra”, y que pasa por cuestiones como qué comemos nosotros mismos –sus adultos de referencia–; qué metemos en nuestros carros de la compra, en nuestras despensas y en nuestras neveras; qué clima se respira a la hora de las comidas (no, no hay que obligar nunca a un niño a comer); qué tipo de ocio familiar practicamos; si comemos frente a las pantallas; o si involucramos o no a los niños y niñas en la preparación de las comidas y los menús.

Los contextos ajenos y la escuela son las otras piezas del puzle. Sobre ambos insisten en que es necesario entender por qué se mantienen determinados hábitos, qué condicionantes influyen (publicidad, cultura, desinformación, preferencias) y qué se puede hacer para invitar a terceros a reflexionar y analizar los mismos.

No todo lo podemos controlar

Una de las cosas más relevantes que cuentan en la entrevista es que en la alimentación, como en el resto de cuestiones relacionadas con la crianza y la educación de los hijos, no todo se puede controlar. No al menos cuando crecen y entran en contacto con otros entornos. Y esto fue algo que a mí me hizo pensar. “La alimentación la elige la familia “por” los niños, de ahí que sea tan importante la responsabilidad inicial de poner a su alcance alimentos saludables. Luego, esa responsabilidad se va a compartir porque van a aparecer otros entornos: la escuela infantil, el comedor del colegio, van a pasar tiempo con otros familiares. Es en ese punto en el que la alimentación se convierte en algo estresante para muchas familias porque sienten que han perdido ese control –que tenían al principio– de lo que comen sus hijos. Descubren que su hijo no es un robot sino una nueva vida con voluntades y que está creciendo en torno –también– a los estímulos que le rodean. Tenemos la responsabilidad, sí, pero no vamos a poder controlarlo todo”, decía Aitor.

Sobre esto también hablan en el libro: admiten que la educación alimentaria no es como hacer una receta en la que casi todas las variables están bajo nuestra voluntad y el plato final casi siempre nos sale de la misma manera. Ellos utilizan la metáfora del árbol: “(…) Educar se parece más bien a plantar un árbol, donde tendremos que tener una buena base y un contexto para que se asiente, y sin duda habrá que prestarle una serie de cuidados. Pero también habrá cuestiones en esa planta que no podremos predecir, como el color exacto de las hojas o cuántas ramas emergerán del tronco, o cuántos frutos acabará ofreciendo”. Y es cierto, porque hay muchos aspectos que van a escapar de nuestro control, por lo que conviene relajarse, asumirlo y pensar cuáles sí están en nuestra mano. En ello estamos.

 

 

 

 

Diana Oliver

Diana Oliver

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