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La obsesión por el cuerpo y su efecto sobre los niños

 

Desde hace tiempo me preocupa la obsesión por el cuerpo y la infancia: ¿cómo afecta a corto y a largo plazo a los niños que se critique el cuerpo propio y el de los demás?

Hace unas semanas, en una de nuestras habituales visitas al Retiro, una chica de unos 14 o 15 años nos paró en la puerta. Detrás de ella una mesa de recogida de firmas a través de la cual pedían que la Seguridad Social financiase los tratamientos completos en el caso de trastornos alimentarios. La chica nos contaba que muchos de los enfermos no podían continuar con tratamientos a nivel privado y que a nivel público solo se financiaba una parte de los mismos.

Nos sorprendió mucho aquello, no solo porque no teníamos la menor idea de que sucedía esto sino también por lo joven que era la chica que nos lo contaba y nos animaba a firmar. ¿En qué momento una chica o un chico de 12, 14 o 16 años se obsesiona con su peso o con la forma de su cuerpo hasta el punto de transformarse en una enfermedad? ¿Y cómo se soluciona algo así?

Un problema social

Si bien es cierto que considero que la publicidad ha hecho mucho daño en este sentido vendiéndonos un prototipo de cuerpo como el ideal, también creo que no exagero si digo que no solo el marketing hace daño: la sociedad en general también tiene una obsesión preocupante con el cuerpo propio pero también con el ajeno. Da igual lo que peses, lo que midas, al final el mensaje siempre es el mismo: “que seas quien no eres”, que diría mi hermana del alma Pilar Cámara.

Desde que tengo uso de razón recuerdo a mi madre quejarse de lo fea y de lo gorda que estaba. “No me hagas fotos que salgo fea” o “No, a mí no, que salgo gorda” eran sus frases favoritas siempre que había una cámara delante. Lo mismo en la playa, o delante del espejo, o mientras se vestía: “Ay, qué gorda me veo”. Pero es que, además, ella no solo se quejaba del propio, también tenía siempre una observación que hacer respecto al cuerpo de los demás. Supongo que en mi familia hablar del cuerpo de los demás ha sido siempre como mantener una conversación sobre el tiempo en un ascensor o, aún mejor, en Twitter: “Hay que ver qué gorda se ha puesto tu tía fulanita”, “Qué delgado se ha quedado menganito. ¡Está “chupao”!”.

Con un par de kilos estarías mejor

Durante mi infancia me cansé de escuchar lo delgada que estaba aquí y allá. En el colegio me bautizaron con motes de lo más variopintos, desde Eskeletor hasta Fido Dido; cualquier término que hiciera alusión a mis “patas de alambre” valía. Así me llamaba mi madre, “patas de alambre”. Mi peso era siempre un tema de conversación trascendental; tanto fue así que hubo un tiempo en el que incluso me obsesioné con lo delgada que estaba. Tenía ya 14 años, acababa de entrar en el instituto, y por aquel entonces como veía que comer mucho no era suficiente para alcanzar aquellos dos kilos que todo el mundo me echaba en falta, me apunté al gimnasio para ver si así conseguía un poco más de “chicha”.

No lo conseguiría hasta varios años después cuando como consecuencia de diversos problemas familiares que ahora no viene al caso relatar, comencé un tratamiento por ansiedad y ataques de pánico, ansiedad que tiempo después se transformaría en una agorafobia terrible, y entonces engordé cerca de diez kilos de golpe. Nunca he sabido si aquello se debió a la medicación, al sedentarismo brutal, o a ambas cosas a la vez. La cuestión fue que pasé de escuchar “con un par de kilos estarías mejor” a tener que oír a diario “estarías mejor con un par de kilos menos”.

La obsesión por el cuerpo y los niños

Mi historia con el “te falta / te sobra” no ha dejado de repetirse el resto de mi vida en diferentes entornos y contextos. A estas alturas ya no me incomoda ni me afecta personalmente, pero sí me preocupa cómo puede afectarle a mis hijos que se valore el cuerpo ajeno, y el propio, sin miramientos.

A la semana de nacer Leo vinieron mis abuelos y mis padres a casa y lo primero que me dijo mi abuela al verme fue: “¡Ay qué ver que tripa se te ha quedado!”. Me pregunto si “lo normal” para ella debería haber sido quedarme sin esos “dos kilos de más” en pleno postparto inmediato o si no se le ocurría otra cosa mejor que decir en ese momento.

En nuestra última visita a Valencia también hubo más de lo mismo pero no dirigido a mí sino a mi compañero de viaje. Expresiones como “¡Qué delgado estás!”, “Te estás quedando seco” o”¡Cómo estás!” aparecieron junto a cada persona a la que veíamos. Ni una sola perdió la oportunidad de hacer mención al peso de mi compañero.

En ambos casos, hubiera o no un cambio en nuestros cuerpos, no entiendo por qué convertimos el cuerpo ajeno en tema de conversación ni por qué somos los jueces de un estándar de cuerpo (in)determinado. Tampoco entiendo cómo nos queremos tan mal, por qué le trasladamos a nuestros hijos una visión negativa de nosotros mismos respecto al físico continuamente.

Me preocupa que los niños crezcan rodeados de este tipo de comentarios y que en algún momento caigan en la obsesión por el cuerpo; que esa obsesión les lleve a algún trastorno alimentario como el de aquella chica que en la puerta del Retiro recogía firmas para que se financiasen al completo los tratamientos de la anorexia. Que mis hijos se conviertan en quienes no son y que sufran por no entrar en ese estándar de cuerpo al que la sociedad, al que su entorno, no dudará en querer echar unos kilos de más o en querer quitárselos en función de cómo sople el viento.

Es imposible controlar el entorno, la familia, los amigos o el colegio, por lo que solo nos queda el ejemplo que podamos ofrecerles en casa para que puedan enfrentarse a esta enfermedad social que cuestiona el físico; para que nos vean querernos a nosotros mismos (y aprendan a quererse ellos también); y para que crezcan sin cuestionar y opinar continuamente sobre los cuerpos, los propios y los ajenos, aceptándose tal y como son y no queriendo ser, empujados por la sociedad y unos cánones de belleza de modelos publicitarios, quienes no son.

 

¿Qué opináis vosotros? ¿Qué opináis de la obsesión por el cuerpo de nuestra sociedad?

 

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Diana Oliver

Diana Oliver

17 comentarios

  1. Ya , las etiquetas son horrorosas pero no olvidemos q la gran epidemia del siglo xxI en los países industrializados es la obesidad y que las tasas más altas europeas de obesidad infantil están en España , así q sentido común dieta sana y ejercicio fisico

  2. En mi familia también oigo muchas veces comentarios así y los intento parar. Yo he oído toda mi vida, que culo más gordo tienes, a la vez que me decían que comiera más. La genética es así para mi, para otro a saber. Pero ver a alguien y comentar de otro lo primero algo se sus dimensiones no me gusta nada. Supongo que este es un problema o una costumbre que tardara en erradicarse

    • Y no sé yo si alguna vez se irá esta manía que tenemos… No pierdo la esperanza. A mí, al menos, me parece importante 🙂 Un beso, Lydia.

  3. Hola, no podía evitar dejar un comentario… A mí me pasó como a tí, soy un palo (básicamente por genética), pero es que además como “normal” tirando a poco. Para mí los atracones son una agonía, y me daba casi ansiedad comer con gente que esperaba que me “acabara el plato”. Y con los nervios se me cierra el estómago, no hay más. Ahora tengo un bebé (ya mayorcito) y algún comentario ha caído porque no es el bebé rollizo de los anuncios o del “tipín” que tiene. Un bebé!!! La clave es moderar en la medida de lo posible los estímulos publicitarios y sociales pero, sobre todo, tener una familia y amigos sanos en los que el peso no sea tema de conversación. Porque hay muchas familias que ponen mucha presión con comentarios que de primeras pasan desapercibidos, pero en cuanto te pasas a analizarlos dan miedo. “Deja de comer ya, tendré que apuntarte a algún deporte a ver si adelgazas, ya comerás después de tal fiesta que sino no entras en el traje…”. Por favor, tened mucho cuidado con las observaciones en voz alta!!!

    • Pienso igual que tú 🙁 Efectivamente hay comentarios a los que no le damos la importancia que creo que tienen. Es mi opinión, ni más ni menos 🙂

  4. Para mí es un tema fundamental que intentó gestionar en el entorno de mi hija de 3 años; como odio que le digan esas frases de que tripa más gorda tienes o que pantorrillas.
    Pero que complicado es

  5. Llevo un día entero pensando en tu post. Un post que me ha removido especialmente. Y es que yo con tan sólo 12 años me vi de pronto metida en todo ese infierno. Y si..aunque muchas veces oigo que no se puede, después de más de 10 años de lucha salí de él. Y quizá por eso soy sensible a estos temas. Y también por eso sé que hay pocos recursos para abordar esta enfermedad y que aunque cada vez se conoce más de su existencia poco se sabe sobre cómo abordarlo, sobre su origen y sobre las personas que pasan por esto. Y está genial que haya gente como tú que se pare a hacernos pensar y que ponga voz a esa chica que recogía firmas.
    Pero no hace falta llegar a ese extremo para preocuparse, como bien pones de manifiesto . Ese es un tema más difícil y conlleva mucho más que unos comentarios o situaciones determinadas. Sin embargo, como madre de 2 hijos y profesora, me preocupa y mucho que no nos queramos como personas, que nos sintamos valorados muchas veces sólo por nuestro físico o las exigencias externas tan grandes que nos hacen perder nuestra valía a todos los niveles. ¿Dónde queda todo lo demás?
    En esto seguro que tenemos mucho que hacer.
    Ojalá algún día desaparezca este mal que nos acecha llamado INSATISFACCIÓN . Habrá que empezar por ellos..

    • Qué gran verdad, Leo. Completamente de acuerdo contigo. Vivimos en una continua insatisfacción con todo. Por eso me sorprende siempre aquello de “a mí me criaron así y no ha pasado nada”. ¿De verdad no ha pasado nada? Como dice mi amiga Pilar, “no conozco a nadie de nuestra generación que esté bien”. Un abrazo y gracias por comentar.

  6. Tienes toda la razón. Hay que aprender a hacer oídos sordos porque vaya tela. A mí me pasó los mismo, pero al reves y nada de dos kilos. A mi me echaban o quitaban 20. Pasé de ser una bola a una niña muy delgadita porque mi madre me puso a un régimen bestial (con toda su buena intención. Que conste). De echarme a rodar a esta niña está enferma. Hasta un profesor vino a hablar conmigo no fuera a ser que me hubiera vuelto anoréxica (también con toda la buena intención del mundo). El caso es que, de repente, y no tengo ni idea de cómo ocurrió, en mi cabeza algo hizo click y me di cuenta de que yo no tenía por qué agradar a nadie. De hecho, llegué más allá. Igual que yo me podía esforzar por tener a la gente a gusto, la gente tenía que esforzarse por tenerme contenta a mí. Ualaaa!!! De repente me hice una pasota integral y me daba igual lo que la gente opinara: que si estaba muy gorda o muy delgada o mal peinada o si había ofendido a alguien involuntariamente o si mi ropa era muy corta o muy grande. Jolín que felicidad y que peso de encima te quitas. Espero estar educando así a mis hijos porque es maravilloso vivir sin la tiranía de la gente y haciendo oídos sordos a sus críticas (que me llovieron. A montón, pero al final se cansaron). Si me decían que estaba gorda contestaba que era de felicidad y si estaba demasiado flaca que no se preocuparan y me compraran un donut que ya verían cómo lo hacía desaparecer sin remordimientos jajaja
    Vaya tela lo mal que lo pasaste en tu adolescencia. Menos mal que ahora se te ve más feliz.

    • Los soy; de hecho pese a que vivimos en una queja permanente, es ahora, en este momento de mi vida, cuando realmente me siento mejor conmigo, con mi vida, con esta pequeña gran familia que hemos creado. Les adoro, les necesito, les quiero por encima de todas las cosas. Ellos dan sentido a mis días; aunque suene mega cursi o ñoño 🙂

  7. Mi hijo de cinco años me ha dicho varias veces que no quiere estar gordo. No sé de dónde habrá sacado esa idea y preocupación , pero recuerdo a un papá de su clase, muy.chistoso él, agarrando la.tripa de mi niño y, entre risas, señalar lo grande que era. Cosa falsa, porque mi hijo es como yo, un tirillas, pero siempre me quedará la duda se si ese es el origen…
    Y es que hacemos comentarios a los niños que no haríamos a adultos desconocidos y que les influyen más de lo que parece.
    Absolutamente de acuerdo con tu entrada….

    • tienes toda la razón, la gente dice cosas a los niños sin ser conscientes de que son esponjas que se quedan con todo, que pueden sacar sus propias conclusiones, hacer asociaciones de ideas. todo les influye, y con estos temas hay que tener mucho cuidado, como con ser guapo o feo, ser muy alto o muy bajo… sí, los padres tenemos que estar muy atentos.

      • A veces, creo, no nos damos cuenta del valor de nuestras palabras. Y soy la primera en pecar…

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